viernes, 18 de mayo de 2018

EL PODER OCULTO CAP 5

         CAPÍTULO 5: AQUELLOS OJOS GRISES        
   A la mañana del día siguiente, continué con la lectura atenta y pausada del libro. Lo leí lentamente, porque cada frase era un importante mensaje o consejo. A medida que avanzaba iba reflexionando en el significado de las palabras.
   Reparé en lo que intentaba inculcar mi abuela en esas páginas. Básicamente, la idea principal era visualizar el objetivo que se deseaba y para intensificar la concentración era necesario realizar una especie de ritos mágicos. Estos llevaban tiempo y esfuerzo. Al buscar todos los elementos necesarios para el rito se podía lograr incrementar nuestra concentración y por lo tanto nuestro poder mágico. Mi abuela recalcaba que para incrementar la eficiencia y concentrar nuestra energía, debíamos convocar a las fuerzas de la naturaleza, los espíritus elementales.
   Reparé en que necesitaría proveerme de algunos elementos sencillos para crear un pequeño altar y llevar a cabo mis objetivos. Debía poseer aquellas cosas que fuesen de agrado para cada uno de los elementales. Así, actuarían a mi favor. Tenían que estar presentes materiales en los cuales estas fuerzas estuviesen, armonizar con ellas y convocarlas amablemente.
   Me pregunté cómo iba a ocultar un altar en mi habitación, sin que se de cuenta mi madre. Ella era una persona sumamente obsesiva con el orden y la limpieza. Si lo descubría seguramente iba a enviarme a un psicólogo, luego de hacer un escándalo terrible.
    Después de permanecer casi una hora recostada en la cama mirando a la nada e intentando pensar en donde lo ocultaría, recordé una frase que había escuchado en televisión: "El mejor sitio para esconder un árbol, es en un bosque". Decidí que toda mi habitación sería un altar y que todo estaría a la vista como elementos decorativos.
   Me propuse salir a comprar la nueva "decoración" para mi cuarto. Me levanté. Tomé parte de mis ahorros y no tuve que pedir permiso para salir ya que mis padres no estaban en casa. Ambos se encontraban en sus respectivos trabajos.
   Cuando salí a la vereda, recordé que como hoy era sábado por la mañana habría en la plaza del barrio una feria artesanal. Pensé que podía ser un buen lugar para encontrar todo lo que necesitaba.
   Doblé la esquina y crucé hacia la plaza. Tal y como lo había imaginado, fui encontrando allí todos los elementos que buscaba. En un puesto encontré sahumerios de todos los aromas. Eran deliciosos. En otro compré un paquete de velas perfumadas de diferentes colores y tamaños. En un rincón de la feria adquirí un jazmín para colgar en la ventana y unos bellos recipientes de cristal donde colocaría agua y eventualmente alguna flor para disimular.
   Cuando emprendí mi regreso, me atrajo un espejo con un artístico marco artesanal. Lo tomé entre mis manos y contemplé mi imagen reflejándose en él. Percibí que mis rizos dorados brillaban más que de costumbre, como con luz propia.
   Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando en él vi reflejados unos ojos grises que me miraban y una voz varonil me aconsejó:
   —No necesitás que un espejo te diga lo hermosa que sos.
   Cuando me dí vuelta distinguí al mismo muchacho con el que había tropezado un mes atrás. Luego de decirme esas palabras, se perdió en un mar de gente mientras se acomodaba hacia un costado su flequillo negro.
   Pagué el espejo y volví a mi casa con mi corazón latiendo acelerado y sin poder quitar de mi mente aquellos ojos grises que me cautivaron.
   Cuando entré, me apresuré a buscar en la cocina la sal fina y tras echar un puñado en el recipiente de cristal, la diluí con un poco de agua.
   Al entrar en mi cuarto fui esparciendo alrededor de mi habitación, con la punta de mis dedos, la solución que acababa de preparar. Mientras que en mi mente, repetía algunas frases que había incorporado del libro. "Agua y sal fluido de pureza protégeme de las fuerzas de la oscuridad. No permitan que nadie ni nada se oponga a mi voluntad ni a mis deseos. Consagro este lugar como mi santuario, mi templo y mi altar."
   A continuación, coloqué una vela en su portavelas y la encendí para halagar a los espíritus del fuego. Coloqué agua en un segundo recipiente y dentro de él una rosa blanca, que corté de mi jardín, para homenajear a los elementales del agua. Junto a la ventana colgué el jazmín, para las fuerzas que rigen la tierra. Con la vela encendí un incienso, que muy pronto con su perfume impregnó toda la alcoba.
   No pedí nada a cambio, simplemente sentía la necesidad agasajar a los elementales, mis nuevos y mágicos aliados. Cuando se consumió por completo el sahumerio, apagué la vela y sentí el deseo de susurrar:
   —Bienvenidos. Espero, que en un futuro, me brinden su ayuda y protección.
   Fui interrumpida por un golpe seco sin punto de partida, sin explicación natural y recordé la frase: "Si no hay otra explicación posiblemente sean los espíritus". No sentí temor. Alguien o algo estaba de mi lado.
   Terminé rápidamente de acomodar a modo de decoración las cosas porque escuché el ruido de la puerta, seguido de la voz de mi madre que llamaba:
   —Tamara, bajá. Compré comida hecha.
    No lo podía creer. Ella nunca compraba comida hecha o precocinada. Decía que no tenían los nutrientes necesarios para lograr llevar una vida sana y saludable.
   Estaba ansiosa por ver qué sería. No tendría que soportar, por una vez en la vida, la asquerosa, pero nutritiva comida preparada por ella.
   Bajé corriendo las escaleras y me llevé una enorme desilusión al descubrir que mi esperanza de un exquisito almuerzo se desvanecía al ver que lo único que había eran unas desabridas ensaladas y para beber jugo, siempre jugo, aunque esta vez era de zanahoria...
   Cuando terminamos de almorzar, si era posible que eso pudiera llamarse almuerzo. Mi madre comenzó a quejarse nuevamente. Mi padre y yo compartimos una cómplice mirada de fastidio. Ella gritaba:
   —Podrían ayudarme un poco. Hoy va a venir Susana con ese chico raro, Esteban. No quiero que ella piense que estamos viviendo en una pocilga. Todo está lleno de pelos de gato. Acá, la única que hace algo por la casa soy yo. Ustedes dos, no son capaces de mover ni un dedo por su hogar...
   Mi padre con serenidad resopló:
   —Mirá, Raquel, vos la invitaste. Si no querías que viniera no la hubieses invitado.
   —Vos no entendés nada. Yo sí quiero que Susana venga —continuó esta vez intentando adoptar un papel de víctima, algo que por cierto, le salía extremadamente mal.
   —¿Acaso no se dan cuenta de que lo único que busco es un poco de ayuda por parte de mi familia?. Pretenden que yo sea una esclava... Soy una pobre e incomprendida víctima de su indiferencia —siguió, siguió y siguió reprochando cosas que ahora, ni siquiera puedo recordar.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 11 de mayo de 2018

EL PODER OCULTO CAP 4

          CAPÍTULO 4: EL PRINCIPIO DEL CAMINO                            
   —Esa gata me saca de quicio. Está dejando sus asquerosos pelos negros en mis sillones blancos y no para de maullar.
   Mientras mi madre gritaba, no recuerdo bien qué, puesto que había aprendido a no escucharla cuando se ponía así, Samanta ronroneaba entre mis piernas. La tomé entre mis brazos, prometí a mi madre que me ocuparía de ella y subí a mi cuarto.
   Una vez allí, cerré la puerta y puse música para poder abrir el paquete sin que nadie sospechase. Encontré dentro de él un pesado libro forrado en cuero negro y repleto de hojas sueltas en su interior, aunque estaban cuidadosamente acomodadas.
   Observé que por el contrario de lo que esperaba, se habían colocado los escritos más recientes al principio y los más antiguos al final. Las páginas iban pasando de blanquecinas a amarillentas hasta convertirse en hojas secas y quebradizas como si el tiempo las hubiese quemado. Las últimas se limitaban a ser simplemente dibujos y símbolos. Muchas otras estaban escritas en una lengua desconocida, pero con nuestro alfabeto, por esa razón, era probable que lo hubiese escrito algún antepasado europeo.
   Las primeras páginas estaban escritas con la estilizada letra de mi abuela. Posteriormente, aparecían las anotaciones de su madre y a continuación las de la madre de su madre. Cada una había dejado una carta para su sucesor o sucesora.
   Me llené de una profunda emoción al tomar conciencia del valor histórico de estos escritos. Era muy importante para mí pensar que alguien de mi familia había comenzado este legado hacía tantos años atrás y que todos habían tenido tanto cuidado para que ahora yo pudiese adquirir este conocimiento ancestral. Pensar en eso me hizo estremecer.
   Con las manos temblorosas tomé la primera hoja. Era la carta para la sucesora de mi abuela. Es decir, para mí. Comencé a leer.
   "Yo, Sara Danann te escribo estas líneas a tí que vendrás después de mí:
   Debés saber que en las siguientes páginas encontrarás instrucciones e información acerca de nuestra historia. De las investigaciones realizadas a lo largo de los siglos, conjuros y recetas mágicas que han sido desarrolladas y probadas por nuestra familia y relatos sobre acontecimientos pasados.
   Muchas de estas cosas, deberás experimentarlas para adquirir tu propia energía mágica con el amparo de los espíritus elementales, del agua, del fuego, de la tierra y del aire.
   Te explicaré brevemente las características de cada uno de ellos. Los espíritus elementales del agua son llamados por algunos sabios ondinas. Ellos te ayudarán en el amor y en la salud. Son muy sensibles y les encanta la música. Los encontraras en el agua, en donde habitan libremente.
   Los espíritus elementales del fuego son llamados Salamandras. Se pueden atraer con el fuego y los inciensos. Podrás darte cuenta de que así como nosotros pertenecemos a la luz, hay quienes pertenecen a la oscuridad. Las salamandras te permitirán liberarte de las influencias negativas de los conjuros o los maleficios que caigan sobre vos o sobre alguien a quien quieras ayudar.
   Los elementales de la tierra son los Gnomos. Ellos aman a los poseedores del saber y a quienes cuidan de la naturaleza. Podés acudir a ellos si tenés inconvenientes en tus trabajos o en tus estudios.
   Los silfos, por su parte, son los espíritus del aire. Te darán el poder de las visiones y la intuición para descubrir los secretos de la magia. Son muy importantes y con su ayuda tal vez puedas integrarte con el universo.
   Los espíritus elementales son criaturas que no tienen la capacidad de discernir el bien del mal. Pueden ser utilizados por gente como nosotros o por los oscuros. Tratá de que los espíritus te quieran ayudar. Ofreceles velas, música y sahumerios para que estén dispuestos a colaborar. 
   Hay algo que quizás te asuste. Posiblemente, ya lo sepas, la muerte no es el final. Tan sólo es el paso a otro plano en donde no es necesaria la materia para manifestar la existencia. A través de tu propia energía y con el tiempo, probablemente llegues a comunicarte con los habitantes de otros planos. Porque, aunque no siempre estemos, siempre somos...
   A lo largo de este camino que estás emprendiendo, encontrarás hechiceros naturales que sin saberlo tienen el poder, pero que no saben desarrollarlo por que no tienen el conocimiento o se niegan a tenerlo. Los que realmente lo tienen lo guardan celosamente.
   Hubo un período en la historia humana, en que hechiceros, brujas y chamanes eran venerados. En muchos lugares, había templos en los que se rendía honores a ellos. Eran consultados como oráculos divinos y se respetaban sus conocimientos como poseedores del saber universal. Pero, esas épocas de oro llegaron a su fin cuando se mezclaron muchas culturas y comenzaron a distorsionarse las tradiciones. Lo que dio lugar a una irracional persecución sobre los herederos del conocimiento. Aunque la peor parte les toco a los que perecieron, el resto también sufrió por el miedo inevitable y por verse difamados como si fuesen poseedores del mal. Así, es como los recriminaba la hipócrita sociedad medieval. El poder político y religioso de la época temía al poder mágico natural heredado y por miedo a lo desconocido se llegaron a inventar atrocidades absurdas atribuidas a nuestro poder mágico. Aunque no niego que había algunos del lado de la oscuridad, pero justamente ellos no fueron los más perseguidos.
   Algunos inocentes pudieron escapar a esta despiadada aniquilación. Entre ellos se estaban nuestros antepasados y aunque la mayoría de los que sobrevivieron trataron de borrar toda prueba existente de sus dones, muchos de estos son heredados de generación en generación en forma natural sin que lo sepa el poseedor del poder, creyendo que lo inexplicable que le ocurre es simple casualidad. Como no poseen los conocimientos suficientes para lograr el máximo desarrollo de sus capacidades estas pasan desapercibidas. El primer paso es darse cuenta de que uno posee la fuerza mágica.
   Por suerte, la inquisición vio su fin hace muchos años. La sociedad sigue viendo con temor a los herederos de la magia y piensan que son satánicos o practicantes de la demonología, nada más apartado de la realidad en nuestro caso. Sin embargo, hay que tener cuidado, porque hay gente con un poder asombroso también del lado del mal.
   Muchos herederos de la magia, pero no del conocimiento que esta encierra, se están dando cuenta lentamente por cuenta propia de sus capacidades y están siendo estudiados por ciencias que se ocupan de fenómenos paranormales. Espero, que el poder político tenga piedad esta vez y no los quiera utilizar a su favor ni volver a destruirlos. Por estas razones, entre otras, tenés que ser discreta y a su tiempo transmitir el conocimiento.
   Me tomé el trabajo de traducir algunas recetas mágicas que me parecieron importantes y de hacer una lista de equivalencias que pude deducir, puesto que para guardar los secretos nuestras ancestras crearon códigos para que otros hechiceros no pudiesen utilizar sus conjuros. Por ejemplo:
   Aroma de cronos significa leche de cerdo. Cabeza de serpiente, sanguijuela común de río. Sangre de Titán equivale a lechuga..."
   Así seguía la lista en forma interminable.
   Después, di una hojeada a los primeros hechizos, donde encontré consejos para iniciar rituales. Decidí leerlos más tarde, después la de cena o quizás mañana. Mi madre estaba llamándome. La cena estaba lista. Escondí el libro en el cajón de la cómoda, en el que guardaba la ropa interior. Apagué la música y bajé las escaleras.
   Mientras cenábamos, mi madre me dijo, después de servirme un poco de jugo, de esos dietéticos que tanto le gustaban por ser nutricionista y que se empeñaba en hacerme tomar.
   —Mañana a la noche vendrán a cenar mi amiga, Susana y su paliducho hijo, Esteban. Va a ser tu compañero en tercero.
   Mi mamá se pasó el resto de la cena criticando la mala alimentación que debería darle a su pobre hijo, su gran amiga Susana. Estaba obsesionada por el aspecto físico, la alimentación y el modo de vestirse de la gente. Según ella, el pobre chico parecía tener todos los defectos. Decía que era demasiado flaco, muy pálido, introvertido, hasta tal punto que lo comparó con un autista y encima de todo eso, tenía un pésimo gusto para la ropa. Siempre estaba vestido de negro.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 4 de mayo de 2018

EL PODER OCULTO CAP 3

            CAPÍTULO 3: VOLVIENDO A LA ISLA
   El más doloroso mes de mi vida había transcurrido. El cuerpo de mi abuela no había sido encontrado y mis esperanzas de que un milagro la hiciera regresar se desvanecían como la luz en el ocaso. El juez la había declarado oficialmente muerta y mi padre era el único heredero de sus bienes materiales. Yo había heredado algo mucho más valioso, pero en ese momento, ignoraba la magnitud de mi legado. Esa tarde, mi padre iba a ir a buscar algunas cosas a la isla y me había prometido que podría acompañarlo.
   Las palabras escritas por ella en la carta daban vueltas por mi mente. Aún, no estaba segura de si debía creer o no en lo que allí decía. La curiosidad me incitaba a ir a buscar el prometido libro. Después de todo, mi abuela nunca me había mentido y aunque era poco probable, no era imposible que la magia existiese.
   El viaje en lancha nunca había sido tan largo. Mi padre permaneció durante todo el recorrido en silencio y yo lo compartía. Sin embargo, me sentía extrañamente acompañada, como si hubiese una infinita cantidad de ojos en el agua. Pensé que solo eran los reflejos del sol. Luego, imaginé que eran las ondinas, espíritus del agua, que velaban por mi abuela. Me sorprendí de mi misma al pensar en eso.
   Al bajar de la lancha, al ver otra vez la isla, la casa, los árboles y al sentir la ausencia de mi abuela, se apoderó de mí un profundo vacío y una desgarradora impotencia de no poder volver el tiempo atrás para hacer eternos los momentos en que juntas pasábamos las tardes.
   Exhalé un profundo suspiro y unas incontenibles lágrimas surcaron mis mejillas. Mi padre lo notó a pesar de mis vanos intentos por esquivar su mirada. Me rodeó con un cálido abrazo y no dijo palabra alguna, ya que no hay consuelo para lo irremediable, sólo con el tiempo podría apaciguarse el dolor.
   Cuando entramos en la casa, corrimos las polvorientas cortinas y un cálido rayo de luz ahuyentó las sombras del recinto. Pregunté a mi padre con voz suave, casi susurrando:
   —¿En qué puedo ayudarte?
   Me respondió sin mirarme:
   —Traje un par de bolsas. Guardá lo que quieras para vos y el resto lo prepararemos para donarlo a la iglesia.
   Cuando se dirigió a la alcoba de mi abuela, yo acerque una silla a la columna que sostenía la viga principal del techo y subí sobre ella mientras abría la mochila que había preparado especialmente para esconder el misterioso legado.
   Saqué un espejo de mano para ver sobre la viga en qué sitio estaba el libro. Observé que afortunadamente en la porción de viga justo sobre mi cabeza se encontraba un polvoriento paquete envuelto en papel madera, que estaba atado con una tosca soga color café. Me estiré lo más que pude y logré sentirlo con la punta de los dedos, pero aún no podía empujarlo. Casi inconscientemente, me ayudé con el espejo. Lo deslicé cuidadosamente, empujando el paquete que finalmente, cayó al piso estruendosamente sin que esta hubiese sido mi intención.
   Tuve el reflejo de tirar la mochila sobre él para evitar que fuese descubierto por mi padre. Él, después del ruido, se dirigió rápidamente hacia donde yo me encontraba. Seguía parada sobre la silla.
   Al llegar me preguntó bastante agitado:
   —¿Qué pasó? Escuché un golpe. ¿Te lastimaste? Y ¿Qué estás haciendo arriba de esa silla? Te podés caer.
   Con una tranquilidad poco común en mí, respondí:
   —Sí, papá, estoy bien. No pasó nada. Es que había una araña y me asustó. Por eso me subí a la silla y se me cayó la mochila. Era una araña enorme pero ya se fue. Creo que se asustó con el ruido.
   —Está bien, entonces me voy a guardar algunas cosas más, si querés vení —sugirió.
   —No, mejor voy a ver que hay en la cocina —respondí.
   Bajé de la silla. Esperé a que mi padre se perdiera de vista y guardé el pesado paquete en la mochila. Antes de cerrarla, leí lo que decía escrito en tinta roja sobre el papel marrón: "Para mi querida nieta, Tamara Danann".
   Me dirigí a la cocina donde aún se encontraba la vela que yo había apagado la última noche que estuve allí y las marcas de sal seca sobre el contorno de la ventana. En ese momento, sentí el impulso de susurrar:
   —Abuela... Ay abuela seguramente querías mantener alejada a la banshee que creíste escuchar...
   De pronto, un golpe seco en la ventana me sobresaltó. Extrañamente, no me atemorizó, más bien todo lo contrario. Traté de buscar una explicación lógica para el ruido. Abrí la ventana y observé que todo parecía normal, como si el golpe hubiese surgido de la nada. En ese momento, entró mi padre a la cocina y le pregunté:
   —Papá, ¿escuchaste el golpe?
   —Sí, pensé que habías sido vos la que lo provocó. Por eso vine a ver si estabas bien —dijo encogiéndose de hombros.
   —No, yo no fui. No entiendo de donde pudo haber venido ese sonido. No hay viento. La ventana estaba cerrada y nada la golpeó.
   —Tranquila, eso siempre pasaba acá cuando venía a ver a la abuela. Ella siempre bromeaba con eso. Decía que si no hay otra explicación, quizás sea un espíritu. 
   Dichas esas palabras, mi padre sonrió nostálgicamente y volvió a irse, dejándome sola con el recuerdo de mi abuela. Cuando cerró la puerta recordé unas palabras de la carta: "Uno significa sí, dos o más no". Tal vez, había sido el espíritu de mi abuela confirmando mis palabras y en lugar de sentir temor, una gran emoción se apoderó de mí. Ella estaba conmigo.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 27 de abril de 2018

EL PODER OCULTO CAP 2

                     CAPÍTULO 2: LEGADO ANCESTRAL

   Después de casi cuarenta minutos de viaje en el auto de mi padre, con un calor sofocante, llegamos a un pintoresco barrio. Estaba repleto de frondosos árboles en las veredas y fragantes jardines.
   Al llegar a un gran chalet con techo a dos aguas de tejas rojas y rodeado por rosas que impregnaban el aire con su aroma, el auto detuvo su marcha y mis padres bajaron. Esbozando una delgada sonrisa mi padre exclamó:
   —Bienvenida a casa, Tamara. Este es tu nuevo hogar.
   Cuando bajé del auto, sentí que un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Por alguna razón, recordé una frase de mi abuela: "siempre prestá atención a las manifestaciones que percibe tu cuerpo. Muchas veces sólo con nuestros cinco sentidos no alcanza, por eso debés mantenerte atenta." Un tiempo después, me daría cuenta de por que la había recordado.
   Mi madre abrió la puerta de entrada y con un gesto me indicó que podía pasar. Al entrar, vislumbré una enorme sala con una imponente escalera de roble que se alzaba majestuosamente ante mis ojos. También, distinguí que habían comprado muebles nuevos. Estos no eran los mismos que los de mi antigua casa. Todos estaban elegidos con el ostentoso, pero delicado gusto de mi madre.
   Quise conocer  el resto de mi nuevo hogar y mi padre me mostró rápidamente y con mucho entusiasmo las demás habitaciones. En la planta baja, se encontraban la cocina-comedor, un baño y la sala. En el primer piso estaban las tres habitaciones, la mía, la de mis padres y en la tercera había un escritorio con un sofá-cama, que podría haberse convertido en una habitación para albergar a mi abuela o a algún otro huésped inesperado.
   Después de que terminé de recorrer mi nueva casa, mi madre me llamó fríamente, desde la planta baja:
   —Tamara desempacá y acomodá tus cosas en tu habitación. Llevate también este mugroso canasto, porque creo que algo empezó a pudrirse dentro de él. Huele muy mal.
   Obedeciendo a mi malhumorada madre, bajé a buscar la canasta y mi papá me ayudó con el equipaje. Cuando llegamos a mi habitación, dejamos las cosas sobre la cama. Él me dio un beso en la frente y antes de irse añadió:
   —Espero que seas muy feliz aquí. Hay un colegio cerca y te anotamos en él. Con tus excelentes calificaciones te aceptaron enseguida. El hijo de la nueva amiga de tu madre va a ser tu compañero —antes de que pudiera decir palabra alguna continuó —. Sí, a mí también me sorprendió que ella tenga una amiga con la cual se lleve bien.
   Ambos reímos al mismo tiempo y al cabo de unos segundos con una expresión pensativa mi padre agregó:
   —Es un joven algo peculiar, siempre está vestido de negro. Será la moda de este barrio o quizás la época.
   Mi padre se marchó cerrando la puerta al salir. Por fin, estaba sola... bueno, no tanto. Observé con asombro que la canasta se sacudía sobre mi cama. Cuando la abrí saltó a mis brazos Samanta, la gata de angora negra y gorda de mi abuela quien casi logró derribarme.
   Me preguntaba por qué mi abuela me había obsequiado a su mascota. Era una de sus posesiones más preciadas y cómo era posible que la gata hubiese permanecido inmóvil durante tanto tiempo.
   Pude ver en el fondo de la canasta un sobre cerrado con mi nombre escrito con la letra estilizada de mi abuela. Lo abrí. Tomé la carta y comencé a leerlo:
"Querida Tamara:
                           Seguramente, ya no estaré contigo cuando leas esto. Sé que puedo confiarte lo que voy a escribir en esta carta. Como un último favor te pido que no cuentes nada de lo que vas a leer. Pues, no sólo no consolarías a tu padre, sino que también te perjudicarías a vos misma.
   Seguramente, te habrás dado cuenta de que no soy una abuela normal y que nunca pretendí serlo. En nuestra familia, se ha transmitido una herencia mágica que es legada sólo a los descendientes que son dignos de merecerla. Por este motivo, lo heredarás vos y no tu padre. Porque, aunque Alan es una buena persona y tiene un gran corazón, el poder lo cautivaría y lo convertiría en un ser oscuro.
   Cuando vuelvas a la isla, tendrás que buscar sobre las vigas del techo y esconder el libro que vas a encontrar allí, para que nadie lo vea. En él, está escrito el conocimiento que por generaciones, nuestros ancestros fueron adquiriendo.
   Podrás utilizar lo que se encuentra escrito allí para ir incrementando tu poder. Comenzá haciendo experimentos sencillos y vas a darte cuenta poco a poco de tu potencial.
   Empezá siguiendo las instrucciones escritas. Con el tiempo, tu propio espíritu le dictará a tu conciencia los pasos a seguir.  Vas a aprender  que somos parte de un todo y somos los receptores de la información universal.
   Hay cosas que vos sola vas a descubrir, aquello que nadie puede legarte, ni deberás legárselas a nadie. Como por ejemplo: el nombre del ser superior y cómo interactuar en la forma más óptima con los espíritus elementales. Aquello que creas que puede ser transmitido para las futuras generaciones, a las que ya amás antes de que nazcan, escribilo en el libro. Ellos harán lo mismo a su debido tiempo.
   Querida, me hubiese gustado que juntas hubiésemos aprendido. Ya que nunca es tarde para aprender. Lamentablemente, no estabas lista antes para esto, porque eras muy pequeña y recién comenzabas a vivir. Ahora que lo estás, yo debo marcharme. Antes, dudaba de que tuvieses ya desarrollada la fuerza mágica, pero me di cuenta de que vas a ser muy poderosa.
   Cuando me dijiste en la isla que habías visto a una mujer y escuchado el llanto de un gato, lo supe. Porque, aquello que  percibiste, en realidad era una banshee, una criatura espectral que presagia la muerte. Pocos son los no entrenados que las perciben. No les tengas miedo, ya que hay conjuros que las mantienen alejadas, aunque no durante muchos días, si te están buscando. Si sabés que viene por vos, porque lo sabrás, no dejes que sea ella quién te lleve. Si una banshee logra matar a una bruja, esta se convertirá en banshee y estará siempre buscando ser alimentada de la energía que libera el temor a la muerte.
   Cuando llegue tu momento, buscá ayuda en los espíritus elementales, quienes te guiarán por los confines de la tierra hasta que llegues a otro plano de existencia. Yo recurriré a los elementales del agua, las Ondinas siempre fueron mis predilectas, por eso, siempre me rodee de agua y voy a elegir que ellas me guíen.
   Cuidá bien a Samanta que va a ser de gran ayuda para que descubras muchas cosas. Entre ellas, el poder de diferenciar criaturas que estén del lado de la luz o de la oscuridad. Tratá siempre de no dañar a nadie, aunque muchas veces eso no sea posible, porque lo que a veces favorece a algunos puede estar dañando a otros. Hay un equilibrio cósmico. De todas formas, intentá que tus acciones sean bien intencionadas en todo lo que hagas y el universo se encargará de lo demás.
    No debés comentar con nadie esta carta, salvo quizás, con alguien que ya sepas que se ha iniciado. De todas formas, debés tratar de no dar demasiada información de lo que sabés o aprendés, pues podría llegar a volverse en tu contra.
   Siempre voy a estar cuando me necesites, aunque no me puedas ver. Ya encontrarás la forma de comunicarte conmigo.
    Tal vez, no entiendas esto ahora. A su debido tiempo lo comprenderás: "Uno significa sí, dos o más no"

                                                       Te amo."

    No estaba segura si era cierto lo que acababa de leer o una broma de mal gusto de mi abuela. Yo esperaba que así fuese, porque si no lo era, significaba que mi abuela iba a morir.
   Una horrible sensación de frió se extendía lentamente por todo mi cuerpo. Decidí tranquilizarme. Escondí la carta debajo del colchón e intentando adoptar una postura serena me dirigí hacia la cocina en donde se encontraba mi padre tomando mate y untando tostadas con dulce de leche.
   Me senté junto a él y con una voz de tranquilidad fingida que no parecía ser mía le pedí:
   —Papá, ¿la podes llamar a la abuela?
   Con la boca llena, me respondió:
   —Sí, pero la acabamos de ver. ¿Te pasa algo?
   —Es que... la vi mal, quería que le preguntes cómo se siente.
   —Me estás preocupando. Ahora la llamo —dijo poniéndose de pie.
   Ambos nos dirigimos a la sala donde se encontraba el teléfono. Mi papá tomó el tubo y marcó. Después de casi diez minutos de intentos frustrados, comenzó a preocuparse. Yo estaba intentando contener las lágrimas que amenazaban con escapar de mis ojos. En ese momento, entró mi madre y me dijo:
   —Tamara, ¿me podrías ayudar en algo e ir a comprar pan?, ya que me olvidé. Si no, no va a haber para el almuerzo.
   Asentí con la cabeza y eché una tímida mirada a mi padre que estaba marcando por enésima vez. Él dijo:
   —Voy a intentar una vez más y si no logro conseguir llamaré a Pefectura. Tranquila mi vida. Ahora, andá al almacén que está acá a la vuelta, enfrente de la plaza. El pan de ese lugar es muy rico.
   Tomé la llave y abrí la puerta por primera vez. Crucé el jardín y me dirigí hacia la plaza en donde vi unos hermosos cachorritos que jugaban. Estaba tan distraída observándolos mientras caminaba que choqué bruscamente con alguien y juntos caímos al suelo.
   Cuando levanté la vista, pude ver a un muchacho íntegramente vestido de negro. Sus profundos ojos grises me miraban con fastidio. Se acomodó su lacio y oscuro cabello. Se sacudió la ropa y extendió su mano hacia mí para que pueda incorporarme.
   Tomé su mano y le supliqué:
   —Perdoná. No te vi. Estaba distraída. No fue mi intención...
   Dibujó una media sonrisa en su pálido rostro y sin decir palabra alguna se marchó, dejándome sola y abochornada.
   Después de comprar el pan, mientras volvía a cruzar la plaza, vi a mi abuela parada en la esquina. Me saludó desde lejos y dobló en dirección a mi casa. Corrí, tratando de alcanzarla, pero al llegar, ya no estaba allí. Pensé que debía haber entrado en casa.
   Abrí la puerta y la llamé:
   —Abuela... Abuela... — ,pero enmudecí al ver la triste imagen de mi padre llorando y abrazando a mi mamá. Definitivamente, mi abuela no se encontraba allí.
    Con voz tenue pregunte:
   —¿Qué pasa?
   Mi madre casi en un suspiro respondió:
   —Nos informaron los hombres de Prefectura que encontraron la lancha de tu abuela con sus zapatos y su cartera en medio del Río de la Plata. En la cartera había una nota que decía: "No culpen a nadie. Esta es mi última decisión. Los amo. Cuídense".
   No podía ser cierto. Mi abuela estaba viva. Yo acababa de verla y ella me había saludado.
   —Pero, yo la vi mamá. La abuela está bien. Tiene que estar bien, si venía para acá...
   Mí mamá me interrumpió:
   —Tamara, debe haber sido tu imaginación. No tuvo tiempo de haber llegado y… la nota... Repitió la historia de su madre....
   Rompí a llorar dejando caer en el suelo la bolsa con el pan. Recordé la carta que me había dejado. Ella había ido a buscar el amparo de los elementales del agua.
   Subí corriendo las escaleras y me encerré en mi habitación. Abracé a Samanta y leí la carta unas cien veces.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 20 de abril de 2018

EL PODER OCULTO CAP1


             CAPÍTULO 1: ALARIDO ESPECTRAL

    Nuevamente, estaba dando vueltas en la cama. Era la quinta noche en la que no podía dormir. Cada vez que lograba conciliar el sueño me despertaba un maullido  desgarrador.
    Posiblemente, fuese algún gato perdido. Pensé en salir para ver si lograba encontrarlo. No lo había visto aún, pero el ruido me estaba volviendo loca. A medida que pasaban los minutos, lo oía más fuerte y cercano. Seguramente, debía ser el cansancio que hacía que mis nervios estuviesen jugándome una mala pasada, después de tantos días sin  poder descansar bien.
   No me explicaba cómo un gato había logrado llegar hasta allí, a la casa de mi abuela, que estaba en el medio de una de las numerosas islas del Delta. Esta era pequeña y estaba perdida entre tantas otras. La rodeaban pequeños canales y un sinnúmero de arroyos. Para salir de allí, debíamos hacerlo en una lancha. Además, no había vecinos cerca porque toda la isla era de mi familia y el brazo principal del río estaba bastante lejos.
    Generalmente, se oía el silencio y sólo el silencio. Desde siempre, lo consideraba una de las poesías más bellas de la naturaleza y por eso y por lo mucho que yo quería a mi abuela había ido a pasar las vacaciones con ella. Mientras tanto, mis padres buscaban una nueva casa en la Ciudad de Buenos Aires.
   Hasta ese momento, estábamos viviendo en las afueras, pero mi papá había conseguido un nuevo trabajo en el centro y quedaba a muchos kilómetros de donde habitábamos ahora. Sabía que iba a extrañar a todos mis amigos y a mi escuela, ya que también me iban a cambiar.
     Quizás, toda la ansiedad que tenía era la causa por la cual no podía conciliar el sueño. Pensé en levantarme e ir a buscar un plato con leche para darle a ese molesto gato. Creí que tal vez tuviese hambre y que por eso lloraba. Imaginé que seguramente había llegado sobre algún leño accidentalmente. Si así había sido, era casi un milagro que estuviese con vida, ya que la corriente era muy traicionera.
   El río siempre se comportaba como un animal salvaje. Podía ser pacifico y tranquilo, como también el más fuerte y bravío, dependiendo  del día y  del viento. Estas eran cosas que fui aprendiendo después de quince años de pasar todos los veranos en la isla. Nadie puede estar seguro de cómo va a comportarse la naturaleza. Así, aprendí desde pequeña a respetarla, a temerle y a amarla.
   Estaba convencida de que quedaba algo de leche en la heladera. Pensé que sería mejor calentarla un poco. No quería que le hiciera mal al animal si estaba muy fría. Como el llanto era semejante al de un niño pequeño, era posible que se tratase de un cachorro. Creí que si así era, tal vez me hubiesen dejado quedarme con él y Samanta, la gata de mi abuela, lo hubiese podido  cuidar.
   Vi un resplandor en la cocina. Había una llama encendida. Estimé que sería mejor que me apresurase para que no se quemase nada con ella. Consideré que podría ocurrir una tragedia ya que toda la cabaña era de madera. Por suerte, sólo se trataba de una vela encendida. Me llamó la atención la llama. Estaba agitada, como danzando con un viento inexistente. Me preguntaba por qué mi abuela había dejado esa vela blanca allí. Posiblemente un rato antes se hubiese cortado la luz y yo no me había dado cuenta. Supuse que era posible que ella con su avanzada edad  se hubiese olvidado de apagarla. ¡Qué equivocada que estaba en ese entonces!
   Percibí un agradable perfume. Era el delicioso aroma de los azahares que había dejado mi abuela en un hermoso jarro con agua junto a la vela. Con el calor, se había intensificado su fragancia y se impregnaba en todo el recinto. Decidí prender la luz y apagar la vela. En el momento en que un profundo suspiro exhalado por mis labios extinguió la llama, un alarido profundo y aterrador que parecía proveniente de un alma que vaga sin rumbo ni destino, perdida en la oscuridad de la noche, hizo que se me erizara la piel. No parecía el llanto de un gato. De todas formas, esperaba que si era un animal lo que se encontraba afuera no se hubiese lastimado.
   De pronto, con el rabillo del ojo divisé el contorno de una mujer. Cuando giré la cabeza y agudicé la vista, ya no había nadie. Corrí a buscar protección a la habitación de mi abuela. Con voz temblorosa le susurré:
   —Abuela, rápido levantate. Me pareció ver a alguien afuera.
   —Ya pasó querida, fue sólo una pesadilla —respondió entre sueños.
   —No te duermas abuela. No fue una pesadilla. Ya van cinco noches que no duermo bien por el maullido del gato —insistí.
   —¿Ya es la quinta noche....?. Vamos a la cocina, tenemos que hablar —dijo sobresaltada.
   Al llegar a la cocina, mi abuela empalideció. Parecía que hubiese visto un fantasma. Me miró seriamente y casi sin voz, me preguntó:
   —La vela... querida, ¿vos apagaste la vela?
   Su mirada se tornó sombría y sus ojos negros reflejaron la oscuridad de la noche.
   —Sí, abuela, yo la apagué, para que no se incendiara la casa... Acaso, ¿hice mal?
   No estaba segura si me había escuchado. Sólo después de unos instantes, que a mí me parecieron tan largos como una eternidad, tornó sus ojos hacia mí y me dijo:
   —No... no hiciste mal. Nadie puede cambiar el final del camino...
   — ¿De qué estas hablando abuela? No te entiendo —pregunté confundida.
   —La vela de todas formas se hubiese apagado sola, en algún momento.
   No pude reflexionar en ese entonces en sus palabras, porque en ese instante otro ensordecedor grito me estremeció. Volví a pensar en que quizás, un animal hambriento necesitase ayuda, pero yo creía haber visto a una mujer y eso me asustaba. Aunque, posiblemente hubiese sido tan sólo mi propia imagen reflejada en la ventana, no quería salir sola. Le rogué a mi abuela:
   —¿Me acompañás a darle leche al gato que llora? Debe tener hambre y no quiero ir sola. Estoy casi segura de que vi una mujer afuera, aunque pudo haber sido mi propio reflejo.
   —No... no salgas... no creo que eso que llora sea un gato. Ni que aquello que viste sea una mujer.
   —Pero, ¿creés que pueda haber alguien afuera? —pregunté alarmada.
   —Va a ser mejor que no salgamos. Vení a dormir a mi habitación. Hoy va a ser la última noche que escuches ese llanto junto a mí. —respondió mi abuela con voz solemne, aunque intentara sonar tranquila.
    Observé intrigada que ella mezclaba el agua del jarrón que contenía los azahares con un puñado de sal fina. Con mucha suavidad, volcaba la mezcla por el contorno de la ventana. Sin poder contenerme, le pregunté:
   —¿Por qué tirás agua con sal en la ventana?
   —Para espantar... a las babosas. En el Delta hay muchas y se comen las plantas —explicó.
    No pude creerle, pero sin agregar una sola palabra más, ambas nos fuimos a acostar.
    A la mañana siguiente, después del desayuno, mi abuela me dijo que había llamado a mis padres para que me viniesen a buscar. Yo no entendía por qué había hecho tal cosa.
   Supuestamente, yo iba a quedarme con ella hasta que terminasen las vacaciones y eso sería recién en marzo. Faltaba mucho tiempo aún para nuestra despedida, puesto que recién comenzaba diciembre. No llevaba ni una semana con ella y ya quería deshacerse de mí. Estaba indignada y a la vez molesta.
   Decidí preguntarle el motivo de su accionar y mi voz sonó quebrada cuando lo hice.
   —¿Por qué llamaste a papá para que me venga a buscar? Yo quería quedarme todo el verano con vos. ¿Hice algo que te molestase? ¿Fue acaso, por lo que ocurrió anoche? Pensé que te gustaban los gatos, porque tenés a Samanta...
   —No, querida. No es nada que hayas hecho. Tan sólo, surgió algo inesperado y me voy a tener que ir. Pero, no te preocupes, después voy a ir a despedirme. Tus papás me dijeron que ya compraron la casa nueva. La próxima vez que vengas, vas a encontrar el regalo más maravilloso que puedas imaginar, era de mi abuela. Ella se lo obsequió a mi madre, mi madre a mí y ahora, lo dejaré en tus manos. No le vayas a contar nada de esto a tu padre. Nunca debe saberlo, ni siquiera cuando yo no esté. Prometémelo Tamara —dijo clavando sus ojos en los míos.
   —Está bien. Te lo prometo abuela, pero... ¿Por qué papá no tiene que saberlo? —pregunté.
   —Para que no se ponga celoso. Él sabe que lo quiero. Alan es así, no le gusta que no lo tomen en cuenta. Querida, quiero que sepas que hay cosas que sólo alguna gente conoce y que nadie más puede hacerlo. En muchos casos, ni siquiera las personas que más amamos. Es importante ser discretas, pero no misteriosas. El misterio y la discreción parecen ir de la mano, pero si uno se pone a pensarlo bien, son cosas muy diferentes. Yo diría más bien que son casi opuestas.
   —Bueno, está bien, nadie lo va a saber —le prometí a mi abuela mientras cruzábamos el parque que rodeaba a la cabaña.
   Antes de subir a la lancha me aconsejó:
   —Lo que vas a encontrar te va a cambiar la vida. Tené cuidado, puede ser tan bueno como peligroso. Por eso, te tiene que quedar claro que siempre hay que buscar el conocimiento, para que no te esclavice la ignorancia. Sólo así conseguirás el poder. Recordalo bien, porque de esto se trata nuestra existencia. Nunca uses el poder para someter a quienes no lo poseen y tampoco te conviertas en una esclava de su encanto. Enseguida vuelvo, me estoy olvidando una cosa dentro de la casa.
   Mi abuela siempre había sido enigmática para dar consejos. Nunca entendí muy claramente lo que quería decir. Desde que era muy pequeña me instruía con este tipo de cosas y a mí me encantaba escucharla. Después de unos minutos, regresó con una canasta de mimbre en la que usualmente recogía flores silvestres de la isla.
    Me moría de curiosidad por saber qué era lo que llevaba en la canasta, pero me limité a sonreírle y a esperar que se sentase a mi lado en la lancha. Había aprendido, después de muchos años con ella, a respetarla en sus silencios. En ese momento, sabía que si ella hubiese querido que yo supiese lo que guardaba en la canasta de mimbre ya me lo habría dicho. Si yo le preguntaba, seguramente hubiese dicho,  "todo llega a saberse a su debido tiempo".
   Una vez en la lancha, hice lo que siempre hacía cuando viajaba con mi abuela por el Delta. Me dediqué a observar los destellos de luz dorados que se formaban como si fuesen trazos de un majestuoso cuadro pincelado por el sol. En ese momento, no sabía por qué, pero por primera vez desde que conocía el río, no lo sentía de esa manera. Lo percibía como si fuesen lágrimas doradas que derramaba un manantial de luz.
    Permanecí inmóvil observando el río durante un largo tiempo. Cuando levanté la mirada distinguí a mis padres que estaban saludándonos desde el muelle. Me preguntaba, si mi abuela bajaría para saludarlos, ya que la última vez que se había encontrado con mi madre se habían disgustado. Decidí preguntarle:
   —Abuela. ¿Vas a bajar?
   —Sí, querida. Quiero darle algo a tu papá —respondió dibujando una sonrisa picarona en su rostro.
   —Cuidado al bajar porque hay muchos tablones flojos y esa canasta es bastante pesada. Si querés, te ayudo —le dije cuando arribábamos al muelle.
   —No, gracias, querida. Yo puedo sola... ¡Alan vení a ayudar a tu pobre madre a bajar de este monstruo acuático! —gritó mi abuela al ver que se acercaba mi padre.
   —Vos siempre con tus ocurrencias mamá, "monstruo acuático". Nunca se te acaba la imaginación —dijo mi papá soltando una carcajada mientras mi madre fruncía los labios.
   —Te ayudo. Por cierto, ¿qué traés en esta canasta? Pesa una tonelada —le preguntó mientras reía.
   —Es un regalo para Tamara —rspondió ella dándome un codazo en el estómago que me dejo sin aire durante unos segundos.
   —¿Un regalo para mí?, ¿qué es abuela? —pregunté con curiosidad.
   —Es algo muy importante que te indicará algunas pautas del bien y del mal. Prometeme que lo vas a abrir en tu casa y en tu cuarto. Espero que quede algo bien claro, esto es para Tamara y sólo para ella. Le gustó mucho cuando estuvo en casa y quiero que se lo quede. No voy aceptar devoluciones. Te lo digo a vos Raquel.
   Estaba segura de que mi mamá estaba pensando en ese momento, "mi suegra es una bruja". Pero, yo sentía que quería un poquito más a mi abuela.
   Nadie se atrevía a desafiar a mi madre, exceptuando obviamente mi abuela. Estaba segura de que si otra persona le hubiese dicho eso a mi mamá, ella hubiese hecho saltar hasta a los peces del agua. Pero, siendo mi abuela quien se lo decía, se limitó a echarle una mirada desafiante.
    Mi abuela apoyó la canasta sobre el muelle y saltó a los brazos de mi padre. Era la primera vez que la veía abrazarlo de ese modo. Estaba segura de que mi papá también se había dado cuenta. Me miraba asombrado. Luego, apartó la vista y miró al piso. Cerró fuertemente los ojos y la abrazó también. Ella no podía contener las lágrimas. Sus ojos, tan negros como los míos reflejaban el dolor de su alma. En ese momento, yo ignoraba el por qué de su pena. Era la primera vez que la veía llorar.
   Los observé durante unos instantes. Luego de separarse, se miraron profundamente. Mi abuela parecía querer decir algo sumamente importante, pero sólo se escuchó el susurro de las ramas acariciadas por el viento y el rítmico sonido de el agua que azotaba la quilla del barco.
   Ella seco sus lágrimas con su pañuelo. Nos besó a mi padre y a mí e ignorando por completo a mi madre, quien la miraba con un profundo odio, dio media vuelta, subió a la lancha y sin mirar hacia atrás se alejó en el río.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 13 de abril de 2018

SUCESO INESPERADO


   El timbre resonó en todo el salón, indicando el final de aquella tediosa jornada escolar. Damián se apresuró a guardar sus útiles y se echó la mochila al hombro con destreza. En general, le gustaba el colegio, sin embargo había algo en la voz de su anciano profesor de historia que hacía que las horas pareciesen eternas. Era imposible evitar entrecerrar los ojos por el peso del aburrimiento.  
   Aguardó de pie unos segundos hasta que los estudiantes terminaron de dispersarse hacia la salida. Nunca había tenido muchos amigos. Su relación con los demás era más bien formal y por elección propia, solía pasar los recreos leyendo en algún banco del patio.
   Una vez en la calle, saludó con un gesto a un grupo de conocidos y se dispuso a hacer el recorrido que realizaba de lunes a viernes. Se preguntó en qué momento se había vuelto tan rutinaria su vida y como si con sus pensamientos lo hubiese invocado, algo completamente inesperado aconteció.
   Un hombre de mediana edad cruzó la calle esquivando algunos coches que se habían detenido sobre la línea peatonal en el semáforo. Algo en su rostro le resultaba familiar, aunque no recordaba exactamente dónde lo había visto antes.
   —¿Eres Damián Arias? —preguntó el hombre deteniéndose a unos pasos de donde él se encontraba.
   Él asintió con la cabeza preguntándose quién era aquella persona y cómo podía conocer su nombre.
   —Soy Guillermo y creo que podría ser tu padre —agregó mordiéndose levemente el labio inferior, un gesto que Damián también solía hacer cuando se sentía incómodo o estaba nervioso.
   Él nunca había conocido a su progenitor y su madre siempre se había mostrado evasiva con ese tema. Estaba completamente paralizado y en su mente se arremolinaban un centenar de preguntas que no se atrevió a formular en voz alta. ¿Ese hombre sería su verdadero padre? ¿Por qué habría esperado tanto para conocerlo? ¿Por qué lo habría abandonado? ¿Por qué su madre nunca habló de él?
   —Tu madre me dejó estando embarazada. En ese momento éramos jóvenes y yo no tenía trabajo. Supongo que pensó que yo no sería más que una carga para ella. La llamé unos meses después, pero me dijo que habías muerto y que no volviera a llamar. Lamentablemente, no dudé de su palabra. Hace algunas semanas, la busqué en Facebook como “Lucía Arias” y fue entonces cuando vi tus fotos y descubrí que estabas vivo. Gracias al uniforme pude averiguar a que escuela ibas y he estado buscando el momento adecuado para poder conocerte —. Hablaba rápidamente con la mirada fija en sus zapatos de gamuza.
   —Lucía es mi madre —confirmó, intentando buscar similitudes en el rostro de quien supuestamente era su padre. Tenía los ojos color avellana y el cabello castaño desordenado igual que él, pero mayoritariamente Damián había heredado las facciones de su madre.
   —¿Me permites invitarte a tomar un refresco? Serán sólo unos minutos, para que podamos conocernos un poco. Lucía no tiene por qué saberlo —agregó Guillermo con una sonrisa tímida de los labios.
   —Claro —. Damián nunca había sido muy expresivo, pero en ese momento deseaba poder encontrar las palabras adecuadas. Realmente quería saber todo lo posible acerca de su padre. ¿Cuál era su apellido? ¿A qué se dedicaba? ¿Tenía otra familia? Pero, la emoción y el temor a lo desconocido lo invadían por completo y no lo dejaban pensar con claridad. Aunque muchas veces había imaginado un encuentro con él, lo había tomado por sorpresa y una parte suya quería salir corriendo. Además, estaba furioso con su madre quien lo había privado de poder tener una familia normal como la de muchos de sus compañeros.
   Padre e hijo comenzaron a caminar, uno junto al otro, por primera vez en sus vidas. Damián se preguntaba cómo sería tener un padre. Quizás podrían seguir viéndose a escondidas de Lucía cada día después de la escuela.
   —¿Cuál sería mi apellido si…? ¿Cómo es tu apellido? —preguntó finalmente llenándose de valor.
   —Te hubieras llamado Damián Pérez —respondió colocando una mano en el hombro de su hijo —. ¿Quieres que tomemos algo aquí? —señaló una pequeña cafetería casi vacía.
   Damián asintió con la cabeza y ambos se sentaron en una de las mesas con sombrillas verdes ubicadas sobre la vereda. Un momento después, estaban bebiendo jugo de naranja y hablando como si se conociesen de toda la vida. Guillermo le contó que era soltero, que se había graduado de abogado y que vivía en un bonito apartamento en el centro con su perro, pero más que nada se interesó por saber sobre su Lucía y sobre él. Le preguntó acerca del colegio, de sus aficiones, de sus amistades y sobre cada pequeño detalle de su vida.
   Siempre había sido tímido y le costaba trabajo hablar con las personas, pero su padre se había ganado su confianza y parecía fascinado con todo lo que él le decía. Por primera vez en su vida se sentía cómodo siendo el centro de atención. Ni siquiera le había molestado cuando el hombre había comenzado a tomarle fotos con su celular. Usualmente a Damián no le gustaba salir en fotografías, pero era el momento más importante de sus vidas y los adultos tendían a querer inmortalizar ese tipo de situaciones.
   Después de media hora, Guillermo consideró que era mejor que Damián regresase a su casa para que Lucía no se preocupase. Se despidieron con un emotivo abrazo y la promesa de volver a verse al día siguiente.
   Mientras regresaba, caminando en soledad, se reprochó a sí mismo que no hubiesen intercambiado sus números telefónicos. Cuando tomó el celular de la mochila suspiró con fastidio al descubrir que tenía quince llamadas perdidas de su madre. Sólo se había retrasado media hora. Cómo es que aún no se había dado cuenta de que ya no era un niño y de que tenía derecho a tener una vida social.
   Al abrir la puerta de entrada, Lucía se abalanzó a sus brazos llorando. Damián no podía creer lo melodramática que podía llegar a ser su madre.
   —¿Estás bien? ¿Te lastimaron? —preguntó ella separándose entre sollozos y pasándose la mano por sus mejillas coloradas —. Dejé los treinta mil pesos en el contenedor de basura, como me dijeron.
   —¿Qué? —Damián estaba atónito y no entendía de qué estaba hablando.
   —Sí, cuando me mandaron el primer mensaje los secuestradores pensé que se trataba de una broma de mal gusto, pero cuando me mandaron las fotografías con la fecha de hoy casi me muero. Tomé todo el dinero que tenía en casa y las joyas y lo dejé todo en el contenedor de basura. No sabía si sería suficiente. Cuando me dijeron que te habían liberado, todavía no respondías a mis llamados, así que no sabía si avisar a la policía o no, porque me amenazaron con matarte si le decía a alguien —. Lucía, volvió a abrazar a su hijo.
   —Pero, yo estaba con mi papá —dijo apenas con un hilo de voz, sintiéndose engañado y vacío por dentro.
   —¿De qué estás hablando Damy? Cuando yo decidí tenerte, no tenía pareja, así que recurrí a una clínica de inseminación. No te lo dije antes porque eras chico y no lo ibas a entender.
   Una lágrima solitaria se deslizó por el rostro de Damián. Cerró los ojos fuertemente conteniendo la rabia y la decepción que sentía en su interior.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

EL PODER OCULTO CAP 5

          CAPÍTULO 5: AQUELLOS OJOS GRISES             A la mañana del día siguiente, continué con la lectura atenta y pausada del libro....